Del carácter excepcional de la mundanidad da fe la constatación de que no hay nada más mundano, pero fuera de lo NORMAL, que el hecho de la vida y la muerte, temblor cálido y estertor frío, no por repetidos menos inesperados y siempre sorprendentes. Nadie espera vivir, no tiene lugar de espera, y mucho menos morir, no deja de sorprenderle al tiempo que piensa por última vez: así pues, ¿esto es después de todo morir? El no-acontecimiento siempre renovado de la muerte, que reúne a las generaciones en el momento de exhahar el último aliento, es la sorpresa final que se nos tiene reservada. El tiempo dirá si su naturaleza pertenece al género del regalo o de la desdicha, si podemos considerarnos afortunados o apenados. En todo caso, no está nada mal como sorpresa.
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La MUNDANIDAD no es la vulgaridad apegada a lo mismo, ni la banalidad afín al descrédito y a la desvalorización de todo ser, ni la normalidad en la que nunca pasa nada, donde toda excepción se vive como una amenaza potencial, es la experiencia temporal e intemporal de ALGO DISTINTO en todas las cosas y de todas ellas DISTINTAS, incomparables e irrevocables. Apogeo de una diferencia indiscriminada, bajo la acción de una pulsación continua, un campo pulsante, que genera un resplandor cegador, barre la superficie del planeta, a la velocidad de la luz. Todo resplande; todo tiene sentido, antes o después del juicio final.